Agencias/ Ciudad de México.- La película que abrió en Buenos Aires el Festival de Cine Alemán 2020, basada en una exitosísima novela, recupera una obsesión del cine germano reciente: la necesidad de poner luz sobre un pasado oscuro que no termina nunca de resolverse.
Esos pliegues ocultos reaparecen en el Berlín de 2001, cuando un septuagenario italiano de larga residencia en Alemania confiesa el asesinato de un prominente hombre de negocios. El abogado (un joven e idealista alemán de familia turca) que acepta de oficio la defensa pública del anciano descubre, una vez aceptado el caso, que la víctima fue para él una suerte de padre adoptivo.
Los recuerdos personales se mezclan con el primer gran desafío profesional de su carrera en un relato dilatado en exceso que prefiere dejar bien plantados y expresos los temas elegidos (los dilemas morales, las sombras del pasado, la convicción frente a la responsabilidad) a dejar que estas mismas ideas fluyan más naturalmente a través de la narración.
En la edición que leí de El caso Collini de Ferdinand Von Schirach, venía al final esta entrevista (se hizo una película sobre el libro) pic.twitter.com/ecuzr4XxXk
— El Censelio (@Censelio) February 12, 2021
Así las cosas, el escenario se carga con pesadez y fórmulas gastadas de temas “importantes”, y mientras tanto lo más atractivo a priori (el thriller legal, los debates en la corte) quedan en segundo plano, junto todo lo que transmite la máscara impasible y enigmática del legendario Franco Nero. Buenas actuaciones y una correcta factura técnica dejan a la vista el irregular recorrido de una historia que encontraría en una miniserie de TV un mejor destino.
Con esta premisa contundente avanza la película desde la narración clásica en sus dos líneas determinantes: una trama principal del orden social, en paralelo con una trama personal. Ambas se fusionan en el final, complementándose una con la otra.
Como su nombre lo indica, El caso Collini (Der Fall Collini, 2019) pertenece al siempre efectivo subgénero de juicios o thriller judicial. En el tribunal accedemos a esa información reveladora junto al resto de los presentes en la sala. Claro que si uno observa con detenimiento la escena de la autopsia, segunda o tercera en la película, podrá inferir que medio rostro de Jean-Baptiste Meyer denota un lado monstruoso del difunto que los numerosos flashbacks fundamentarán luego, tanto a nivel narrativo como simbólico.
La película también se suma a la larga lista de films alemanes de revisionismo histórico con el fin de plantar postura de la sociedad alemana frente al horror del holocausto. El papel determinante del sistema judicial alemán para exonerar jerarcas nazis es puesto sobre la mesa. La mea culpa alemana en este tipo de relatos no es novedad, pero cuando el cuento está bien contado, el fin no importa tanto como el recorrido gratificante por la trama, que se gana su oportunidad.
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