Agencias/Ciudad de México.- Mientras misiles y drones reducen la producción de energía en todo el golfo Pérsico, analistas advierten que el agua, y no el petróleo, podría ser el recurso más amenazado en una región rica en energía pero árida.

Cientos de plantas desalinizadoras salpican la costa del golfo Pérsico, lo que pone a sistemas individuales que abastecen de agua a millones de personas al alcance de ataques iraníes con misiles o drones. Sin ellas, las grandes ciudades no podrían sostener sus poblaciones actuales.

En Kuwait, cerca del 90% del agua potable proviene de la desalinización, junto con aproximadamente el 86% en Omán y alrededor del 70% en Arabia Saudí. La tecnología elimina la sal del agua de mar —por lo general, empujándola a través de membranas ultrafinas en un proceso conocido como ósmosis inversa— para producir el agua dulce que sostiene a ciudades, hoteles, la industria y parte de la agricultura en una de las regiones más secas del mundo.

Para las personas que viven fuera de Oriente Medio, la principal preocupación de la guerra con Irán ha sido el impacto en los precios de la energía. El golfo produce cerca de un tercio de las exportaciones mundiales de crudo y los ingresos energéticos apuntalan las economías nacionales. Los combates ya han detenido el tráfico de petroleros por rutas marítimas clave e interrumpido la actividad portuaria, lo que ha obligado a algunos productores a recortar exportaciones a medida que se llenan los tanques de almacenamiento.

Pero la infraestructura que mantiene abastecidas de agua potable a las ciudades del golfo podría ser igual de vulnerable.

“Todo el mundo piensa en Arabia Saudí y sus vecinos como petroestados. Pero yo los llamo reinos de agua salada. Son superpotencias hídricas artificiales impulsadas por combustibles fósiles”, afirmó Michael Christopher Low, director del Centro de Oriente Medio de la Universidad de Utah. “Es a la vez un logro monumental del siglo XX y un cierto tipo de vulnerabilidad”.

Primeras señales de riesgo

La guerra que comenzó el 28 de febrero con ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán ya ha acercado los combates a la infraestructura clave de desalinización. Irán atacó el 2 de marzo el puerto de Jebel Ali, en Dubái, y los impactos cayeron a unos 19 kilómetros (12 millas) de una de las plantas desalinizadoras más grandes del mundo, que produce gran parte del agua potable de la ciudad.

También se reportaron daños en el complejo de energía y agua Fujairah F1, en Emiratos Árabes Unidos, y en la planta desalinizadora Doha West, en Kuwait. Los daños en las dos instalaciones parecieron derivados de ataques a puertos cercanos o de la caída de escombros de drones interceptados.

Bahrein acusó a Irán el domingo de atacar indiscriminadamente objetivos civiles y de dañar una de sus plantas desalinizadoras, aunque no dijo que el suministro hubiera quedado fuera de servicio. La nación insular, sede de la Quinta Flota de la Marina de Estados Unidos, ha estado entre los países atacados por drones y misiles iraníes.

Antes, Irán dijo que un ataque aéreo de Estados Unidos dañó una planta desalinizadora iraní. Abbas Araghchi, ministro de Exteriores del país, señaló que el ataque en la isla de Qeshm, en el estrecho de Ormuz, había afectado el suministro de agua para 30 aldeas. Advirtió que, al hacerlo, “Estados Unidos sentó este precedente, no Irán”.

Muchas plantas desalinizadoras del golfo están integradas físicamente con centrales eléctricas como instalaciones de cogeneración, lo que significa que los ataques a la infraestructura eléctrica también podrían obstaculizar la producción de agua. Incluso donde las plantas están conectadas a redes nacionales con rutas de suministro de respaldo, las interrupciones pueden propagarse en cascada a través de sistemas interconectados, explicó David Michel, investigador principal de seguridad hídrica en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales.

“Es una táctica asimétrica”, indicó. “Irán no tiene la misma capacidad para responder atacando a Estados Unidos e Israel. Pero sí tiene esta posibilidad de imponer costos a los países del golfo para empujarlos a intervenir o a pedir un cese de hostilidades”.

Las plantas desalinizadoras tienen múltiples etapas —sistemas de captación, instalaciones de tratamiento, suministros de energía— y el daño en cualquier parte de esa cadena puede interrumpir la producción, según Ed Cullinane, editor para Oriente Medio de Global Water Intelligence, una editorial que presta servicios a la industria del agua.

“Ninguno de estos activos está más protegido que cualquiera de las áreas municipales que están siendo alcanzadas en este momento por misiles balísticos o drones”, sostuvo Cullinane.

Una preocupación de larga data

Los gobiernos del golfo y funcionarios de Estados Unidos han reconocido desde hace tiempo los riesgos que estos sistemas suponen para la estabilidad regional: si grandes plantas desalinizadoras quedaran fuera de servicio, algunas ciudades podrían perder la mayor parte de su agua potable en cuestión de días. Un análisis de la CIA de 2010 advirtió que ataques contra instalaciones de desalinización podrían desencadenar crisis nacionales en varios estados del golfo, y que interrupciones prolongadas podrían durar meses si se destruyera equipo crítico.

Más del 90% del agua desalinizada del golfo proviene de apenas 56 plantas, señaló el informe, y “cada una de estas plantas críticas es extremadamente vulnerable al sabotaje o a la acción militar”.

Un despacho diplomático estadounidense filtrado de 2008 advirtió que la capital saudí, Riad, “tendría que ser evacuada en una semana” si la planta desalinizadora de Jubail, en la costa del golfo, o sus tuberías o la infraestructura eléctrica asociada sufrían daños graves.

Desde entonces, Arabia Saudí ha invertido en redes de tuberías, embalses de almacenamiento y otras redundancias diseñadas para amortiguar interrupciones de corto plazo, al igual que Emiratos Árabes Unidos. Pero estados más pequeños como Bahrein, Qatar y Kuwait tienen menos suministros de respaldo.

El cambio climático podría amenazar las plantas de agua

A medida que el calentamiento de los océanos aumenta la probabilidad y la intensidad de ciclones en el mar Arábigo y eleva las posibilidades de que toquen tierra en la península arábiga, las marejadas y las lluvias extremas podrían desbordar los sistemas de drenaje y dañar la desalinización costera.

Las propias plantas contribuyen al problema. La desalinización requiere mucha energía, y las plantas de todo el mundo producen entre 500 y 850 millones de toneladas de emisiones de dióxido de carbono al año, acercándose a las aproximadamente 880 millones de toneladas emitidas por toda la industria mundial de la aviación.

El subproducto de la desalinización, una salmuera altamente concentrada, suele descargarse de nuevo al océano, donde puede dañar hábitats del fondo marino y arrecifes de coral, mientras que los sistemas de captación pueden atrapar y matar larvas de peces, plancton y otros organismos en la base de la cadena alimentaria marina.

A medida que el cambio climático intensifica las sequías, altera los patrones de lluvia y alimenta los incendios forestales, se espera que la desalinización se expanda en muchas partes del mundo.

La amenaza no es hipotética

Durante la invasión iraquí de Kuwait en 1990-1991 y la posterior Guerra del Golfo, las fuerzas iraquíes sabotearon centrales eléctricas e instalaciones de desalinización al retirarse, dijo Low, de la Universidad de Utah. Al mismo tiempo, millones de barriles de crudo fueron liberados deliberadamente en el golfo Pérsico, creando uno de los mayores derrames de petróleo de la historia.

La enorme mancha amenazó con contaminar las tuberías de captación de agua de mar utilizadas por plantas desalinizadoras en toda la región. Los trabajadores se apresuraron a desplegar barreras de contención protectoras alrededor de las válvulas de captación de las principales instalaciones.

La destrucción dejó a Kuwait en gran medida sin agua dulce y dependiente de importaciones de emergencia. La recuperación total tomó años.

Más recientemente, los rebeldes hutíes de Yemen han atacado instalaciones saudíes de desalinización en medio de tensiones regionales.

Los incidentes subrayan una erosión más amplia de normas de larga data contra los ataques a infraestructura civil, señaló Michel, al mencionar conflictos en Ucrania, Gaza e Irak.

El derecho internacional humanitario, incluidas disposiciones de los Convenios de Ginebra, prohíbe atacar infraestructura civil indispensable para la supervivencia de la población, incluidas las instalaciones de agua potable.

La posibilidad de ciberataques dañinos contra la infraestructura hídrica es una preocupación creciente. En 2023 y 2024, funcionarios de Estados Unidos responsabilizaron a grupos alineados con Irán de hackear varias empresas de servicios de agua estadounidenses.

El propio suministro de agua de Irán, en riesgo

Tras un quinto año de sequía extrema, los niveles de agua en los cinco embalses de Teherán cayeron a alrededor del 10% de su capacidad, lo que llevó al presidente, Masoud Pezeshkian, a advertir que la capital podría requerir una evacuación.

A diferencia de muchos estados del golfo que dependen en gran medida de la desalinización, Irán todavía obtiene la mayor parte de su agua de ríos, embalses y acuíferos subterráneos agotados. El país opera un número relativamente pequeño de plantas desalinizadoras, que abastecen apenas una fracción de la demanda nacional.

Irán se apresura a expandir la desalinización a lo largo de su costa sur y a bombear parte del agua hacia el interior, pero las limitaciones de infraestructura, los costos energéticos y las sanciones internacionales han limitado drásticamente la posibilidad de escalarla.

“Ya estaban pensando en evacuar la capital el verano pasado”, comentó Cullinane, de Global Water Intelligence. “No me atrevo a imaginar cómo será este verano bajo fuego sostenido, con una catástrofe económica en curso y una grave crisis de agua”.

El crudo supera los 100 dólares por barril

Los precios del petróleo superaron el domingo los 100 dólares por barril por primera vez en más de tres años y medio, ya que la guerra con Irán obstaculiza la producción y el transporte en Oriente Medio.

El precio del barril de crudo Brent, el referente internacional, se situaba en 107,97 dólares después de que se reanudaran las operaciones en la Bolsa Mercantil de Chicago, un 16,5 % por encima de su precio de cierre del viernes, de 92,69 dólares.

El West Texas Intermediate, el crudo ligero y dulce producido en Estados Unidos, se vendía a unos 106,22 dólares por barril. Eso es un 16,9% más que su precio de cierre del viernes, de 90,90 dólares.

Ambos podrían subir o bajar a medida que continúan las negociaciones en el mercado.

Los aumentos se produjeron después de que los precios del crudo en Estados Unidos se dispararan un 36% y los del Brent subieran un 28% la semana pasada. Los precios del petróleo se han incrementado fuertemente a medida que la guerra, ya en su segunda semana, ha involucrado a países y lugares que son cruciales para la producción y el movimiento de crudo y gas desde el golfo Pérsico.

Aproximadamente 15 millones de barriles de crudo —alrededor del 20% del petróleo mundial— suelen transportarse cada día a través del estrecho de Ormuz, según la firma independiente de investigación Rystad Energy. La amenaza de ataques iraníes con misiles y drones prácticamente ha detenido a los petroleros que atraviesan el estrecho, que limita al norte con Irán, y que transportan petróleo y gas desde Arabia Saudí, Kuwait, Irak, Qatar, Bahrein, los Emiratos Árabes Unidos e Irán.

Irak, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos han recortado su producción de petróleo a medida que los tanques de almacenamiento se llenan, pues tienen menor capacidad para exportar crudo. Irán, Israel y Estados Unidos también han atacado instalaciones de petróleo y gas desde que comenzó la guerra, lo que ha agravado las preocupaciones sobre el suministro.

La última vez que los futuros del crudo en Estados Unidos cotizaron por encima de los 100 dólares por barril fue el 30 de junio de 2022, cuando el precio alcanzó los 105,76 dólares. En el caso del Brent, fue el 29 de julio de 2022, cuando el precio llegó a 104 dólares por barril.

El aumento global de los precios del petróleo desde que Israel y Estados Unidos atacaron a Irán el 28 de febrero ha sacudido los mercados financieros, lo que ha provocado preocupaciones de que los mayores costos de la energía alimenten la inflación y lleven a un menor gasto de los consumidores estadounidenses, el principal motor de la economía.

En Estados Unidos, un galón de gasolina corriente subió a 3,45 dólares el domingo, unos 47 centavos más que una semana antes, según el club automovilístico AAA. El diésel se vendía a unos 4,60 dólares el galón, un aumento semanal de unos 83 centavos.

El secretario de Energía, Chris Wright, dijo en el programa “State of the Union” de CNN que los precios de la gasolina en Estados Unidos volverían a estar por debajo de 3 dólares el galón “dentro de no mucho”.

“Mire, nunca se sabe exactamente el plazo de esto, pero, en el peor de los casos, esto es cosa de semanas, no de meses”, añadió Wright.

Si los precios del petróleo se mantienen por encima de los 100 dólares por barril, algunos analistas e inversores dicen que podría ser demasiado para que la economía mundial lo soporte.

Las autoridades iraníes dijeron que los ataques israelíes contra depósitos de petróleo en Teherán y una terminal de transferencia de petróleo a primera hora del domingo mataron a cuatro personas. El ejército de Israel dijo que los depósitos estaban siendo utilizados por el ejército iraní como combustible para lanzar misiles. Mohammad Bagher Qalibaf, el presidente del parlamento de Irán, advirtió que el impacto de la guerra en la industria petrolera se dispararía.

Irán exporta aproximadamente 1,6 millones de barriles de petróleo al día, en su mayoría a China, que quizá tenga que buscar suministro en otros lugares si las exportaciones de Irán se ven interrumpidas, otro factor que podría aumentar los precios de la energía.

El precio del gas natural también ha subido durante la guerra, aunque no tanto como el petróleo. Se vendía a unos 3,33 dólares por cada 1.000 pies cúbicos a última hora del domingo. Eso es un 4,6% más que su precio de cierre del viernes, de 3,19 dólares, después de subir alrededor de un 11% la semana pasada.

Los futuros de los índices bursátiles de Estados Unidos, un barómetro del mercado, cayeron a última hora del domingo, lo que apunta a que los principales índices de Wall Street abrirán a la baja el lunes. El futuro del S&P 500 bajaba un 1,6%, mientras que el del Dow caía un 1,8%. El futuro del Nasdaq composite bajaba un 1,5%.

El viernes, el S&P 500 cayó un 1,3% y el Dow se desplomó hasta 945 puntos antes de terminar con una pérdida de aproximadamente 450, y el Nasdaq se hundió un 1,6%.

Comentarios desactivados en Altera producción de energía y consumo de agua guerra en Oriente Medio