Texto Periódico El Mundo/Londres.- Resiliente hasta el último instante, Andy Murray consiguió el objetivo: ganó su primera Copa Masters y concluye el año como número uno del mundo. El escocés, que venía de una semifinal durísima contra Milos Raonic, en la que salvó un ‘match point, se impuso a Novak Djokovic por 6-3 y 6-4, en una hora y 42 minutos. El escocés sumó su vigesimocuarta victoria consecutiva, culminando una formidable segunda parte de la temporada.

Murray se aseguró el cielo del circuito de forma incontestable: refrendó su hegemonía superando al pentacampeón del torneo, el hombre que le había derrotado en 13 de los últimos 15 partidos, que se revelaba como una seria amenaza para frustrar el sueño de cerrar el curso a lo grande ante su público, en el O2 londinense. Ahora mismo es el mejor, sin atisbo de discusión. Ha logrado convertir a Nole, declinante desde el torneo de Wimbledon, en un jugador vulnerable, diluido, errático, como volvió a evidenciar en una actuación decepcionante.

Djokovic se queda sin igualar las seis Copas Masters de Federer y relegado a la segunda plaza a la que le desplazó Murray en el torneo de París-Bercy. Después de acelerar el paso hacia la final, era difícil imaginar al tenista que cedió su saque en el octavo juego del primer set, volvió a hacerlo en el primero del segundo parcial y ya, con carácter letal, en el quinto. Incapaz de neutralizar el planteamiento valiente del escocés, que estuvo firme, rápìdo y acertado en todo momento, ‘Nole’ se fue consumiendo, impreciso a la hora de intentar tomar la iniciativa.

Conservador, sin mordiente, intimidado por la autoridad de su rival, apenas se atrevió a utilizar su revés paralelo, un golpe con el que suele marcar las diferencias. Fue sólo un síntoma. Tuvo que esperar su primera rotura estando ya 4-1 abajo en el segundo parcial. Por momentos, dio la impresión de tener recursos para resurgir. Una prueba más para Murray, que de tener la victoria en la mano, se vio obligado a un ejercicio postrero de supervivencia. Sofocó la leve tentativa de rebelión y colmó las ilusiones de una grada encendida.

Fue su noveno título de una temporada inolvidable, en la que se hizo con su segundo Wimbledon y revalidó el oro olímpico. El mejor Djokovic sólo apareció para salvar las dos primeras pelotas de partido. También ahí aguantó el de Dunblane, el tenista del momento, el hombre a batir en la próxima temporada. A su rival le espera un período de obligada reflexión.

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