Texto Periódico El Mundo/Río de Janeiro.- La sonrisa de Simone es eterna. La tenía por la mañana, todavía en la habitación de la Villa Olímpica, cuando Aimee Boorman, su entrenadora, algo preocupada, le pregunta: «¿Cómo estás? Un poco cansada, ¿no?», y ella misma, Aimee, revela la respuesta: «¡No! Estoy bien, ¡vámonos!». La tenía, la sonrisa, durante el ejercicio, soberbio (15.966), inalcanzable, cuatro diagonales a ritmo de música brasileña, la segunda con su nombre, más de dos metros por encima del suelo en los vuelos, impecable en los aterrizajes, ese pasito tan suyo, el público en pie, con la boca abierta, babeando, y Simone Biles, la mujer que ha cambiado la gimnasia probablemente para siempre, cerrando su quinta medalla, el cuarto oro, superada Nadia Comaneci e igualada Larissa Latynina.

La sonrisa de Simone es eterna. Se mantiene mientras terminan sus compañeras de final, aunque ya sabe que su nota sirve para ganar, apenas su compatriota Raisman, oro en Londres, se acerca (15.500). El bronce, la británica Tinkler, a un punto (14.933). La sonrisa de Simone Biles es eterna, y pervive en la odisea que suponen los pasillos del Olympic Arena, llenos de cámaras con las mismas preguntas. La sonrisa de Simone es eterna, pero hay algo que se la borra. «No entiendo lo que quiere decir», frena en seco al periodista, alemán, que le pregunta si tiene algo que decir en la guerra Trump-Clinton por la presidencia norteamericana.

La sonrisa de Simone es eterna, pero ahí desaparece. El periodista insiste, y cuenta que el otro día Hillary Clinton, en un discurso, dijo algo así como que si el equipo norteamericano fuera igual de temeroso que Donald Trump a la hora de competir con otros países, gente como Michael Phelps y Simone Biles no saldrían del vestuario. «No tengo nada que decir, mejor preguntas sólo sobre mí», responde la texana mientras la jefa de prensa observa por detrás con mala cara a quien lo ha intentado. El episodio da una idea de la trascendencia de Simone, de su sonrisa, para un país, USA, donde los ídolos crecen como setas, una sociedad mitómana que acoge desde ya a la pequeña Simone, cuya experiencia en Río «ha sido una locura».

La sonrisa de Simone es eterna. Y la recupera. Pese al tropiezo en la barra de equilibrio del lunes, el martes cerró la puerta de la gimnasia y echó la llave con la grandeza que requiere ser la número uno. «He estado esperando este momento mucho tiempo y ha sido increíble. Se lo dedico a mis padres, sé que para ellos es importante que yo esté aquí», dice refiriéndose a sus abuelos, pues fueron ellos quienes la criaron, y lo dice antes de pararse, junto a Raisman, para ver a Danell Leyva en su ejercicio de barra fija. Comprobada la segunda plata de su compañero, gira y vuelve junto a los periodistas.

La sonrisa de Simone es eterna. Y sigue: «No sé cómo recordará esto la gente, quizá vosotros pensáis que estoy decepcionada por no conseguir los cinco oros, pero no lo estoy. No puedo estarlo habiendo ganado todo esto. Al revés, estoy muy orgullosa de mí misma». Se va Simone, se va con su sonrisa, se va de vacaciones -«no esperen verla por el gimnasio… ¡al menos durante una semana!», bromea Boorman-, se va como uno de los mitos de estos Juegos Olímpicos, una Michael Phelps o una Usain Bolt. Un momento. «No soy nada de eso. Soy la primera Simone Biles», repite mientras cree haber terminado su ronda de preguntas y respuestas, más de una hora de reloj contestando. Los restos de purpurina resbalan desde los ojos por su nariz y la cinta que sujeta el pelo comienza a perder el nudo. Lo que no pierde Simone es su sonrisa. Como su gimnasia, sale de Río siendo eterna.

Por Eduardo J. Castelao- Periódico El Mundo-España.

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