Por Ernesto Villanueva/Ciudad de México.- Conocí a Santiago Nieto Castillo en el Instituto de Investigaciones Jurídicas (IIJ) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 2014. Hombre de convicciones democráticas, siempre fue crítico, en el mejor sentido de la expresión.
No era raro en su caso concreto, si se considera que fue (es) discípulo de un gran amigo mío, Jaime Cárdenas Gracia, también del IIJ UNAM, mente brillante y hombre honesto. Ambos comparten esas prendas personales.
Santiago no es perfecto, es un ser humano con virtudes y defectos, pero las primeras superan sustancialmente a los segundos.
Nada le hubiera costado seguir la máxima de la política mexicana de que el único pecado que no se perdona es la falta de complicidad, y seguramente hubiera transitado si su motivación fuera estrictamente estar en el poder como un fin en sí mismo.
Es una paradoja que la inteligencia, acompañada de la legítima convicción de cumplir y hacer cumplir la Constitución mexicana y la ley, sea vista como una ingenuidad y sea objeto de insidia.
Tengo la profunda convicción de que Santiago Nieto, a pesar de todos los obstáculos que ha enfrentado y todavía enfrenta, es persistente en su convicción personal de que la ley debe aplicarse sin distinciones y no según los grupos sociales o de interés.
Evidentemente esta decisión le ha generado decenas de enemistades y detractores que vieron con sorpresa, primero, y con profunda molestia, después, que no era un practicante de la simulación apartándose de los códigos de conducta de la política habitual.
Los intereses que ha afectado han ido con todo contra él, teniendo acceso a su información confidencial, tergiversando la misma para crear mensajes de posverdad.
Es decir, una porción de verdad con varias de mentiras, con el objetivo de darle alguna verosimilitud a los misiles dirigidos a lastimar su derecho al honor, a la vida privada y a la propia imagen, de suerte que se generen dudas sobre su honestidad y quiera fabricarse una imagen inversamente proporcional a la que anima su trabajo y proyecto de vida.
Sería una villanía que, conociendo a Santiago, como lo conozco, mantenga silencio y vea cómo se le quiere linchar por haber hecho lo que debía hacer.
Cabe esperar que la verdad habrá de salir avante no solamente por Santiago Nieto, sino por todas las personas de las nuevas generaciones que creen que la ley no es una mera guía elástica para venderse al mejor postor, sino un instrumento que debe observarse y practicarse para bien de la sociedad toda.
Bien haría el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador en aprovechar el activo democrático que representa Santiago Nieto Castillo, porque tiene mucho que aportar con conocimiento técnico, convicción arraigada de que debe prevalecer el interés público sobre el privado y, un dato no menor, valentía para llevar a cabo esa tarea.
Personas con esas tres cualidades, por desgracia, siguen siendo excepciones a la regla.
No hay que perderlas por interés público.


















