Agencias/Ciudad de México.- El Masters incrementó su premio en un millón de dólares para este año, llevando el total del fondo de premios a 21 millones de dólares, de los cuales 4.2 millones están destinados al ganador.

El ganador también recibirá algo que podría considerar más valioso: una chaqueta verde del Masters.

Scottie Scheffler ganó 3.6 millones de dólares el año pasado.

El Masters pagará 52,920 dólares al que quede en el puesto 50 y progresivamente menos a los otros tres jugadores por debajo de ese puesto que pasaron el corte.

El Masters también paga a los profesionales 25,000 dólares incluso si no pasan el corte. El Abierto de Estados Unidos el año pasado comenzó a pagar a los profesionales 10,000 dólares si no pasaban el corte.

El dinero de los premios en los cuatro majors ha estado aumentando en pequeñas cantidades en los últimos años. Hace diez años, Jordan Spieth ganó 1.8 millones de dólares por su victoria en el Masters cuando el fondo total de premios era de diez millones de dólares.

El Players Championship sigue siendo el torneo más rico con un fondo de premios de 25 millones de dólares y Rory McIlroy ganó 4.5 millones el mes pasado.

La Gira de la PGA se dirige al RBC Heritage en Carolina del Sur la próxima semana con un fondo de premios de 20 millones de dólares (3.6 millones para el ganador) como un evento destacado

Por si había dudas, ya podemos decir que una audiencia considerable se conectó a la emisión de la CBS para ver cómo Rory McIlroy ganaba su primera chaqueta verde durante la ronda final del Masters. El drama llegó con el playoff de desempate, pero la jornada ya había arrancado muy interesante con Rory cediendo el liderato a DeChambeau por unos minutos. Se sumaron varios jugadores a la pelea, aunque fue Rose quien llegó a la meta con McIlroy en una jornada que fue un tobogán de emociones, debido a la constante mezcla de aciertos y errores de los protagonistas.

Según CBS Sports, la transmisión tuvo un promedio de 12.7 millones de espectadores, lo que la convirtió no solo en la ronda final del Masters más vista desde 2018, sino también en la transmisión de golf más vista en ese periodo. La audiencia aumentó un 33 % con respecto al año pasado.

Esta alcanzó su punto máximo con 19.5 millones, justo cuando McIlroy se enfrentó en el desempate con quien acabaría como subcampeón, Justin Rose. Su victoria final fue la consecución del Grand Slam de Rory, un momento muy esperado en el mundo del golf que se produjo en el torneo más conocido del mundo. Cabe reseñar que ya la tercera ronda del torneo también aumentó un 16% este año, atrayendo a 7.6 millones de espectadores.

Por comparar, la ronda final del año pasado atrajo a 9.59 millones de espectadores, un 20% menos que en el mismo periodo del año anterior con Jon Rahm como ganador. En 2022, 10.17 millones de personas sintonizaron el desenlace. En 2015, el Masters tuvo una audiencia espectacular en su último día, cuando una media de 14 millones de personas vieron la victoria de Jordan Spieth.

Simple y llanamente, cuatro veces al año no son suficientes. Es una sensación que el planeta golf, de aficionados a jugadores pasando por medios de comunicación, patrocinadores y resto de agentes involucrados, tiene desde hace tiempo, y que acrecienta el apoteósico Masters de Augusta recién concluido.

Porque, salvando las distancias, guiones que podrían darse más a menudo en el calendario de tener a todas las estrellas en la misma constelación, o en dos distintas pero con vasos comunicantes fuera de los cuatro majors.

El tiempo ha demostrado que la división no funciona ni para unos ni para otros, al menos en términos de generación de interés. El PIF de Yasir Al-Rumayyan tendrá un flujo de caja ilimitado, y el PGA el respaldo financiero de los tiburones de la industria deportiva estadounidense a través del Strategic Sports Group, pero no recuperará al completo a la audiencia mientras haya que seguir a los buenos en horarios distintos, en lugares distintos y en canales distintos.

Ya el año pasado el Masters, la joya de la corona, registró sus peores números televisivos desde tiempos pandémicos. Y en la primera vuelta de la edición recientemente concluida, el dato que está disponible por ahora, la caída fue severa: un 28% respecto al año pasado en ESPN, de 3.2 a 2.3 millones de espectadores. Por su parte el debut del LIV en la Fox, la primera gran cadena con la que llega a un acuerdo, convocó el pasado febrero a unos 80,000 televidentes, guarismo muy discreto.

Síntoma de hastío que afecta no solo al major tradicionalmente con más repercusión. Es un cuadro general. Y lo peor es que la solución no parece más cercana cuando faltan escasos dos meses para que se cumplan dos años del principio de acuerdo alcanzado entre PGA y LIV para confluir en un ente comercial que aunara los intereses de ambas estructuras.

El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca pareció acelerar las conversaciones, que han atravesado varias fases desde ese primer acercamiento de posturas en el verano de 2023. El magnate metido a político llevó al Despacho Oval al comisionado del PGA, Jay Monahan, y a los representantes de los jugadores del circuito norteamericano, Tiger Woods y Adam Scott, hasta en dos ocasiones. De allí salieron todos con las orejas dando palmas, anunciando a bombo y platillo que la reunificación sería completa.

No mucho después el momentum se ha diluido por completo. Ahora en los mentideros se dice que no habrá entente, que Al-Rumayyan no traga, que no ha invertido su tiempo ni el dinero del petróleo saudí en una obra efímera, y que su idea, por supuesto indigerible para el otro bando, es que el LIV siga operando.

Y tampoco es que los jugadores del PGA, por lo que han ido deslizando algunos en este lapso, estén fascinados con la idea de una reagrupación sin penalidad para los que cambiaron de chaqueta, ni siquiera con el caramelo que les han puesto delante para ver si con él se tragan también el sapo: esos paquetes de acciones en la propiedad del circuito que son novedad mundial, como si a Rafa Nadal le hubieran pagado en su día con un porcentaje de la ATP. En un clima de urgencia, incluso el Masters tira del carro, y Scott O’Neil, CEO de la superliga saudí, estaba invitado esta semana en Augusta, donde Fred Ridley, presidente del club, aseguró que se verían pese a que no tenían programado “un encuentro concreto”.

Más allá de las diferencias entre unos y otros, todos saben que esto no funciona, o al menos que no funciona tan bien como podría. Y si los que se supone que son algunas de las mentes más brillantes del mundo de los negocios deportivos no pueden encontrar terreno común, deberían dimitir todos en fila de a uno por despojar a los aficionados, el corazón de este juego, de la esencia del deporte que aman: ver a los mejores enfrentándose cada semana.

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