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Insólita forma de obtener una visa a Estados Unidos

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Por Alfonso Bautista García/Portales-ReversosThe Exodo/Ciudad de México.-  Hice como me recomendaron. Me rasuré y recorté perfectamente la barba. Me puse las mejores garras del guardaropa. Llevé mi pasaporte, mi credencial de profesor de la UNAM (ojalá que no sepan que pronto ya no trabajaré ahí), mi título, mi cédula profesional, mi talón de pago (ojalá no me lo pidan, se darían cuenta que apenas me alcanzaría para un viaje a Tres Marías), mi tarjeta de crédito (ojalá no me pidan el estado de cuenta porque se percatarían que estoy viviendo en números rojos), mis identificaciones que tienen la misma dirección que la boleta predial.
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En la línea naranja del metro me encuentro con una familia de indígenas nahuas de la sierra norte de Puebla que hablan entre ellos en el andén. Dentro del vagón, un par de alemanas vienen comentando el mapa del metro.
En la estación Chapultepec, ahora de la línea rosa, suben dos hombres que hablan una lengua que identifico como hindi; sus facciones me hacen pensar que podrían ser de la India, pero igual pueden ser indígenas mexicanos que hablan algo que nunca he escuchado en el país; me hacen recordar cuando un amigo iraní de mi hermano iba a comer a la casa y mi madre pensaba que era de Puebla y que el extraño acento de su español se debía a que era un indígena cuya lengua madre era el mazateco.
A todos estos idiomas que uno puede escuchar en un viaje en el metro de la ciudad de México (tierra cosmopolita), se suman las variantes de nuestra castilla: lo mismo del Medellín colombiano que de la Guaira venezolana que de Buenos Aires que de Mazatlán, Chihuahua o Tonalá, Chiapas.
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Llegué a la embajada norteamericana 5 minutos antes de mi cita. En la calle, el sol caía alegremente sobre nuestras cabezas. Pasábamos en grupos de 20 personas. A pesar de que en los instructivos e indicaciones que te hacen leer una y otra vez dicen que no lleves nada electrónico, ni celulares, ni laptops, ni navajas, ni tijeras, etc., etc., etc., casi todos llevaban algo que tenían que dejar en resguardo.
Un padre y un hijo (que se jactaban de haber hecho el trámite varias veces) llevaban hasta el escritorio. En el segundo retén te hacen pasar por un arco detector de metales y tus cosas las revisan en una banda de rayos X. Luego pasas a una gran sala llena de sillas de plástico oscuro bien formaditas. Hay ahí una tiendita (todos hacen su luchita, ¿qué no?).
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–Fórmese en la 43 –me indicaron los guardias. Y yo me sorprendí del número pues me hizo acordar de la tragedia en Iguala.
Me senté en la silla y abrí el libro de Sacks, “Un antropólogo en Marte”, que me llevé previendo una larga espera. El libro es revelador. Me ha dado una idea de lo que estoy haciendo; le da un nombre maravilloso: neuroantropología. Estoy asombrado con el libro. Se me ha quedado en el pensamiento la frase que cita Sacks atribuida a un tal Osler: “No preguntes qué enfermedad tiene una persona, sino a qué persona elige una enfermedad.” Así pasó un rato.
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Yo me había imaginado, cuando decían que la entrevista estaba a cargo de un cónsul, que éste te recibiría en un pequeño escritorio sobriamente decorado frente a un ordenador de súper mega alta tecnología que revelaría todo lo relacionado a ti: tu pasado, tu presente… tu futuro.
Pero no, son unas ventanillas donde te atienden a través de un vidrio bastante grueso. El gringo que me entrevistó en la ventanilla 43 era circunspecto y calvo, en su cabeza se sujetaba con firmeza, como garra de felino, una diadema que sostenía el micrófono por el que se comunicaba conmigo. El gringo-cónsul no retiraba la mirada de la pantalla de su ordenador.
–Su pasaporte –me indicó.
–Aquí está.
Chiqui chiqui chi, tecleaba en su computadora.
–¿Dónde piensa ir?
–A California.
–¿A qué?
–A visitar el bosque de sequoias.
Chiqui chiqui chi, tecleaba en su computadora.
–¿Es usted profesor?
–Sí. Profesor de la UNAM.
–¿Qué?
–Profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México.
–¡Ah!, ¿cuántos años tiene ahí?
–Seis años.
Chiqui chiqui chi, tecleaba nuevamente.
–¿Con quién viaja?
–Solo.
–¿Está casado?
–No.
-¿Tiene hijos?
–No.
Chiqui chiqui chi, tecleaba en su computadora.
–Una última pregunta… ¿cuáles son los tejidos de transporte en las plantas?
(¡Ah, chingá!, dije pa’ mis adentros.)
–El floema y el xilema.
Entonces el gringo-procónsul volteó hacia mí y me brindó una gran sonrisa, como de bienvenido-welcome.
–Sí –continué yo–, el sistema vascular de las plantas ha permitido la evolución de enormes árboles como las sequoias. ¡Ya quiero estar ahí junto a una de ellas!
–Aprobada –dijo el gringo-procónsul para finalizar. No me pidió ningún papel.
Me acordé de una frase de Haldane: “El universo no sólo es más raro de lo que imaginamos, sino más raro de lo que podemos imaginar.”
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