Después de Messi, ¿qué?

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Texto Periódico El Mundo/Barcelona.- Once metros convertidos en kilómetros. De repente, la portería se alejaba en un túnel oscuro sin fin. Porque aunque no sea el primer penalti que falla Leo Messi en su carrera deportiva, sí es una auténtica pena máxima. No tardó en llorar desconsoladamente el portador del brazalete de la albiceleste, el capataz de Argentina, el heredero de la pesada y costosa dote del dorsal 10. Con las lágrimas en las mejillas y esa barba que dejó de ser talismán en la final de la Copa América Centenario, al astro anunció algo inesperado: que abandona su selección. Una amenaza que, a pesar de las piedras en el camino, nunca se planteó cumplir.

Hasta este primer domingo del verano. Todavía con el sudor correteando por el cuerpo, se percató de que no olía la fragancia de la victoria, ésa que le acompaña con asiduidad, sino la de la pestilente derrota. “Lo he pensado en el vestuario, ya está, se terminó para mí la selección. Son cuatro finales, no es para mí. Lamentablemente, lo busqué, era lo que más deseaba. No se me dio, pero creo que ya está”, es la sentencia, a falta de que recapacite y piense si es la mejor senda a sus 29 años y si ese “creo que” es en verdad un condicional. Sin embargo, algo sucede cuando se pone la albiceleste y se quita la azulgrana.

Todo con el Barça, casi nada con Argentina

Con el Barcelona es, junto a Andrés Iniesta, el futbolista que más títulos ha ganado: 28. Con su combinado besó un Mundial sub’20 (2005) y colgó de su cuello un oro olímpico (2008) antes de degustar el repugnante sabor de la derrota. Perdió ante Brasil la Copa América de 2007 y sus últimos tres veranos se ha ido de vacaciones con las rodillas peladas tras caer en las finales: en la del Mundial, en la de la pasada Copa América y anoche en la Copa América Centenario, que si bien no contabiliza en el palmarés de la competición, es igualmente un tachón más en su curriculum vitae.

Compromiso en entredicho

Ahí comienza su impotencia. Su relación con Argentina ha estado en la picota desde que la selección española lo tanteó para formar parte de sus selecciones inferiores y su padre, Jorge, tuvo que mover cielo y tierra para que en la AFA (Asociación del Fútbol Argentino) tuvieran un disco compacto con algunas jugadas y se percataran de la presencia de un adolescente que maravillaba en el Barça. A Messi se le ha cuestionado que su carrera haya discurrido en Barcelona y que la distancia le haya separado de sus orígenes. Incluso, que no juegue con la zamarra albiceleste como con la barcelonista. Que las líneas no sean iguales en su estilo. Que no sea el mejor con Argentina. Argumentos incesantes que ha llevado con estoicismo. Pocas veces ha alzado la voz, pero cuando lo hace es firme. Nunca puso dos interrogantes o un punto final a su participación con la albiceleste, aunque no se muerde la lengua. Hace unos días criticó a la federación argentina por la demora de un vuelo sin problemas, de hecho.

¿Un líder sin personalidad?

A fin de cuentas, es el actual tótem futbolístico y personal de Argentina. Y un jugador para la posteridad. Aunque el propio Diego Armando Maradona pusiera en duda ese perfil de gobernante de un vestuario en un acto promocional con, atención, Pelé. Palabras mayores, no eran dos jugadores del montón. Eran las dos torres de la basílica balompédica. El legado del 10 de esa Argentina que maravilló en México dura ya 30 años. Dentro de dos días se cumplen tres décadas de la última victoria de la albiceleste en un Mundial. Y las comparaciones entre los dos dorsales de la misma camiseta se incrementan cada vez más. La historia, en este caso, pesa una tonelada.

La eterna comparación con Maradona

El eterno debate. Oasis o Blur, Beatles o Rolling Stones, Star Wars o Star Trek, Marvel o DC, Real Madrid o Barcelona y así hasta llegar a la gran pregunta: “¿Maradona o Messi? En todo caso, respondo ‘Maradona y Messi’. Cada uno tiene su lugar en la gloria con la camiseta número 10; yo me divertí mucho, gocé mucho. Y no tengo por qué sentir envidia por Lio, que ahora la tiene […]. Messi, hoy, puede ir y levantar la Copa del Mundo en Rusia. Lo único que le diría es que se prepare él solo. Como hice yo con el profesor Del Monte […]. Porque con el Barcelona está sobrado, está más que hecho, no tiene ninguno problema, ya ganó todo lo que tenía que ganar y puede decir, como yo le dije al Napoli: ‘Los quiero mucho, ya les di un montón, pero ahora mi prioridad es la selección'”, escribe Maradona en su recién publicado libro ‘Así ganamos la Copa. Mi Mundial, mi verdad’ [Debate]. Y todo, en un escenario cuanto menos curioso: a dos días de conmemorar los 30 años de la segunda Copa del Mundo argentina y la pena actual por tantas derrotas seguidas.

“Cambiaría cinco Balones de Oro por un Mundial”

¿Tiene razón el 10 cuando habla del 10? El que fuera su seleccionador no ha sufrido tres varapalos seguidos con el actual capitán. Ante Alemania en la final del Mundial, en Brasil, se quitó la medalla de plata y miró con ojos lastimeros a la Copa del Mundo que alzó Maradona. El año pasado ante la selección chilena de Claudio Bravo floreció la pena que le hizo llorar hace unas horas tendido en el pañuelo del césped. Porque no hay que olvidar que Messi haría tachones en su carrera y sacrificaría reconocimientos personales por una simple aunque costosa cosa: “Cambiaría cinco Balones de Oro por un Mundial”, dijo en la última gala ante Cristiano Ronaldo y Neymar. Sintomático.

Replantearse la decisión

Así las cosas, queda por ver si Messi se come sus palabras e intenta de nuevo corregir esa deuda histórica. Algo tendrá que decir y hacer Gerardo Martino, cuyos tres últimos años crean la empatía con el perfecto protagonista perdedor (fracasó como técnico del Barça y ahora suma dos finales al limbo como seleccionador de Argentina). La Pulga debe repensar sus palabras mascadas con rabia y decidir si da un paso atrás que incremente las críticas hacia él. O uno al frente para intentar incrementar el palmarés de su selección y demostrar que el capitán no es el primero en abandonar el barco. Que tiene la personalidad que hizo grandes a Pelé o Maradona, quien por cierto cierra su obra con una pregunta abierta: “Y después de Messi, ¿qué?